miércoles, 8 de febrero de 2012

MR FLOWERS

(comparto un escrito hecho por mi hermana en noviembre de 2009)




Un amigo ha de ser como la sangre, 
que ante una herida, acude sin que nadie le llame. 
Francisco de Quevedo




Mi abuelo lo llamaba "Carlitos", a mi me hacía gracia ver a un "Carlitos" de ochenta y tantos, pero mi abuelo tenía el legítimo derecho a llamarlo así, pues era uno de sus mejores amigos, amigo de la infancia, y hablar de una infancia de hace más de 80 años, es hablar de una laarga amistad.

Pues bien, yo lo conocí cuando llegué a vivir con el abuelo, Carlitos había quedado viudo y le llevó a su amigo, todos los accesorios de enfermo que había usado su mujer, en caso que él los necesitara. Hay que reconocer que los regalos amistosos se vuelven cada vez màs extravagantes con la edad; otro ejemplo de esto eran las hadas. 

Mi abuelo era muy religioso, creo que su amigo también lo era, por eso nos pareció un poco extraño cuando el cuarto del abuelo se empezó a adornar con las hadas que Carlitos le llevaba: ¿"hadas, por qué carambas le regalará hadas?" nos preguntábamos, "tal vez les recuerda algo" era mi hipótesis. A mi, personalmente me facinan aquellos seres mágicos, sobre todo las figurillas que él escogía que eran realmente bellas, pero me daba mucha risa imaginármelo embrollado con mitologías extrangeras o con algún tipo de superstición. En fin, el misterio del esoterismo de Carlitos, quedó resuelto cuando mi hermano, mientras servía un poco de café a los dos amigos lo escuchó comentarle al abuelo a modo de disculpa: "Henry, ya no te he vuelto a conseguir más de esos angelitos que te traía"

Pero lo màs hermoso de Carlitos, no eran sus regalos, sino su presencia.

Era un hombre alto y delgado, con ojos tristes y aire solemne, con sus cabellos blancos bien recortaditos y estirados hacia atrás, en perfecto orden bajo su boina de lana, vestido sobriamente y con unos deliciosos modales, tan impecables como sus manos blancas y con una rítmica voz grave y pausada.

Sus visitas - generalmente breves- siempre dejaban un buen sabor de boca, como cuando alguien pasa, dejando un agradable aroma, así él, cuando se iba, nos dejaba un riquísimo olor a lealtad.

Mi abuelo era médico, un gran médico, de esos que de verdad creen que la medicina significa estar al servicio del prójimo, por lo cual, hizo innumerables cosas por cientos de personas (sin exagerar) por eso, ingenuamente pensábamos que en su vejez -o su enfermedad- todas sus pacientes o ex pacientes o etcétera, etcétera, se agolparían en la puerta para saludarlo, darle ánimos, o preguntarle "¿cómo se siente doctor?". Por alguna razón que desconozco no fue así, claro que tuvo visitas, pero no el número estratosférico que me hubiera imaginado, (quizá esto fue una fortuna, pues el abuelo se hubiera arrancado los pelos con tantas personas, y tal vez nosotros también), como sea, no pretendo juzgar a nadie, cada quien tiene sus razones y lleva sus propias cuentas de deudas y amistades, lo que sí quisiera recalcar, es que yo no sé cuánto haya hecho el abuelo por Carlitos, nunca se lo pregunté, (y aunque lo hubiera hecho, él no me lo hubiera dicho: mi abuelo no era un arlequín que cantara las propias proezas por las plazas). De lo que sí doy fe, es de cómo una o dos veces al mes, se aparecía aquel hombre frente a la puerta, acompañado de algún joven pariente, o chofer, o taxista, o quien se le atravesara para llevarlo a la casa, o, en el peor de los casos, cuando no conseguia a nadie, llamaba sin falta para asegurarle a su amigo que en cuanto pudiera lo iría a ver, todo esto sin contar además la llamada semanal que nunca faltaba.

Siempre consideré las relaciones del abuelo un poco fuera de lo común. No sé si era porque él era muy silencioso y reservado, o porque la edad va cambiando el ritmo de las cosas, o por ambas razones, pero el caso es que yo los veía hablar, y hablaban poco, en realidad, incluso en los días que el abuelo estuvo desorbitado de la realidad, Carlitos le platicaba cosas y luego guardaba silencio como para respetar el tiempo de respuesta del abuelo, que pocas vaces usaba, o que llenaba con palabras diparatadas al azar, y que Carlitos recogía como conversación válida, con una mirada de comprensión, que me hacía pensar que manejaban ya otro nivel de conversación, que se sublimaba a las palabras.

Un día, de pronto, nos dimos cuenta de que Carlitos ya no venía más. Uno, dos meses, nada. Estábamos tan atareados con la enfermedad del abuelo, y tan acostumbrados a que llegara o llamara por su cuenta, que no se nos ocurrió llamarlo, hasta que vine a saber por medio de mi tía que el Ingeniero Carlos Gonzales Flores, había muerto.

No supe cuando, no supe dónde ni sé por qué fue. Por fortuna mi abuelo no lo supo, ya estaba muy desconectado del mudo para enterarse, creo que fue mejor así. Pero en mi, se instaló una dulce y nublada tristeza en alguna parte de mi alma, y me abrazó mucho tiempo, porque por primera vez tuve ganas de haber asistido a un funeral, y pagarle un poco de la silenciosa compañía que él le brindó a mi abuelo.

Hoy, mientras internamente rezaba por mis muertos, mi mente viajó hacia él y me inundaron unas ganas explosivas de brindar por él, y compartir con ustedes a mi portotipo de amistad:

"Yo quiero ser una amiga como Carlitos cuando sea grande....muy grande" 


Montse!

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