jueves, 8 de marzo de 2012

Se propuso cambiar el mundo...





En silencio, sin promesas sin presunciones,
poco a poco, como un pintor que da dulces pinceladas
sobre un cuadro ya existente. Sabía que su tarea era como embestir a un búfalo y eso era lo que lo emocionaba: el reto, lo desesperadamente imposible que era.
Empezó un día, insistió el siguiente sin nada más que la idea, que el destino que ya habitaba en su corazón
y lo vieron,
todos lo vieron pero no sabían cómo definiro, etiquetarlo: algo peligroso había en alguien tan alegre, tan suelto.


Parecían pensar al verlo “¿Qué se cree este que no sufre como nosotros, que no se queja, que no vive desesperado?”
Las voces de todos los demás empezaron a subir de volumen y de intensidad, pero él ya había quedado sordo a ellos, sólo escuchaba una dulce melodía en su interior, que lo guiaba y lo hacía bailar en medio del caos. Empezó sin previo aviso a ver la conección de todas las cosas, a ver la sutíl oportunidad que se nos presenta de ser felices todos los días y sonreía como si esto fuera algo evidente.
Algunos comenzaron a imitarlo, pero no imitaban su corazón, sólo su comportamiento, convencidos que su sonrisa ayudaría al corazón a exorcisarse del miedo, del rencor y el sufrimiento, pero sólo tenían una máscara, una máscara que les empezó a pesar y les hizo convencerse de que él era un farsante.

Para ese momento el estaba más allá de todo lo que puede ser encapsulado por las palabras, se había fugado del sufrimiento atravesándolo de frente, con paso alegre pero firme...


y entonces paso el milago o la tragedia: se volvió energía pura, invisible a los hombres que van como zombies atados por el denso sufrimiento.

Él aún habita entre nosotros, listo para susurrarle sus palabras de amor a quien esté dispuesto a escucharlas, ansioso de guiar los pasos de quien quiera seguir su camino y va por ahí con una sonrisa pues sabe que transformó el mundo al aceptarlo y al vivir el reto de ser feliz mientras todos los demás eran desgraciados.