En
silencio, sin promesas sin presunciones,
poco
a poco, como un pintor que da dulces pinceladas
sobre
un cuadro ya existente. Sabía que su tarea era como embestir a un
búfalo y eso era lo que lo emocionaba: el reto, lo desesperadamente
imposible que era.
Empezó
un día, insistió el siguiente sin nada más que la idea, que el
destino que ya habitaba en su corazón
y
lo vieron,
todos
lo vieron pero no sabían cómo definiro, etiquetarlo: algo peligroso
había en alguien tan alegre, tan suelto.
Parecían
pensar al verlo “¿Qué se cree este que no sufre como nosotros,
que no se queja, que no vive desesperado?”
Las
voces de todos los demás empezaron a subir de volumen y de
intensidad, pero él ya había quedado sordo a ellos, sólo escuchaba
una dulce melodía en su interior, que lo guiaba y lo hacía bailar
en medio del caos. Empezó sin previo aviso a ver la conección de
todas las cosas, a ver la sutíl oportunidad que se nos presenta de
ser felices todos los días y sonreía como si esto fuera algo
evidente.
Algunos
comenzaron a imitarlo, pero no imitaban su corazón, sólo su
comportamiento, convencidos que su sonrisa ayudaría al corazón a
exorcisarse del miedo, del rencor y el sufrimiento, pero sólo tenían
una máscara, una máscara que les empezó a pesar y les hizo
convencerse de que él era un farsante.
Para
ese momento el estaba más allá de todo lo que puede ser encapsulado
por las palabras, se había fugado del sufrimiento atravesándolo de
frente, con paso alegre pero firme...
y
entonces paso el milago o la tragedia: se volvió energía pura,
invisible a los hombres que van como zombies atados por el denso
sufrimiento.
Él
aún habita entre nosotros, listo para susurrarle sus palabras de
amor a quien esté dispuesto a escucharlas, ansioso de guiar los
pasos de quien quiera seguir su camino y va por ahí con una sonrisa
pues sabe que transformó el mundo al aceptarlo y al vivir el reto de
ser feliz mientras todos los demás eran desgraciados.